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Publicado originalmente en Substack.

De jóvenes, con algunos colegas, teníamos la costumbre de escribir relatos cortos y nos pasábamos los personajes protagonistas del relato de cada uno para integrarlos en los relatos propios. Para nosotros era una manera tan buena como cualquier otra de salir de la zona de confort y escribir mejor.

Asesinos en serie compitiendo por quién mata más y mejor… mientras les da caza un comisario de policía que en realidad es un vampiro pasado de cocaína adulterada que le está provocando rechazo a la sangre y, por ende, se muere y va contra reloj.

Una gimnasta que ha vendido su alma al diablo para ser la mejor del mundo… casada con un tipo que es inmortal a su pesar.

Un lobo que se transforma en hombre a la luz de la luna… que trabaja en el turno de noche de una gasolinera donde siempre, siempre, s-i-e-m-p-r-e sonaba el Fary cuando ponías Super 95 porque al dueño le hacía gracia por alguna razón que no se desvelaba jamás.

Hoy lo llamaríamos un fan-fic de un fan-fic pero entonces era un crossover.

Batman y Scooby cumpliendo a la perfección lo que es un Crossover PERFECTO

En aquella época -mid 90’s y en mis veintipocos- tenía las ganas e ilusión suficientes como para escribir historias inspiradas por aquellas que leía en tebeos, libros y revistas de tres al cuarto. En mi adolescencia/juventud le daba a Ellroy fuerte. Y al Reverte de La piel del Tambor o El Club Dumas. Y a Úrsula. Y a Terenci, Montalbán, Cussler, King y Poe. Y a Austen. Ay, Jane. Y los Byrne, Claremont, Nocenti, Miller… you get the point.

Recuerdo también tener croquis de historias con flechas en todas direcciones con indicaciones de nombres de personajes basados levemente en personas de mi vida. Unos quién era quién en relación a la historia de turno y que inevitablemente llevaban a algún secreto inconfesable. Fichas de personaje, vaya. Que de jugar a rol también tenía vicios.

No sé dónde las guardé, pero supongo que si las leyese hoy, serían carne de fumata negra; y vuelva a intentarlo, caballero.

Escribiendo esto me viene a la cabeza un personaje que era el gran malo en la sombra de una historia rollo noir. Era una suerte de Kayzer Soze. Despiadado. Implacable y nunca salía en el relato. Todo el mundo hablaba de BIG SAM -así, en mayúsculas- de oídas. En mi cabeza era espectacular. En el relato los protagonistas, dos pelagatos que buscaban ascender en el escalafón criminal de la ciudad, lo hacían a base de aceptar todo tipo de encargos delictivos.

¿La revelación final? La identidad de BIG SAM estaba escondida a simple vista en el mismo nombre del personaje, que además era un cambio de género y el malo era la mala. I know, shocking. La chica de recepción del hotel donde los dos protagonistas siempre recibían un sobre con el encargo a realizar. Nota: Siempre he mantenido que en el lobby de un hotel puedes pasar desapercibido por completo. Fin de la nota.

¿ El nombre de la recepcionista? Samantha GaVIra. Get it?

Yeah, terrible. Como veis, el tiempo tampoco ha sido amable con Samantha y se une a la biblioteca de historias no escritas.

Sorry, Big Sam. Quizá más adelante.

Supongo que el forzarme a escribir de nuevo para este Substack me ha llevado a recordar todo aquello. En lo inocentes y crédulos que éramos. Alguno ha conseguido parte de su sueño, ojo. Pero en general todos estamos en los márgenes de lo que imaginábamos de jovencicos. Visto lo visto, ni tan mal, pero quedan ahí gusanitos en el estómago.

Justo al terminar de escribir esto veo este bluit (reposteado por Zurera, a la que si no seguís, deberíais):

Your stories and art are worth telling and sharing. They don’t have to be groundbreaking or revolutionary. They just need to be YOURS.

Ok, ok. Seguiremos intentándolo. Ni que sea por Samantha

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