
💡
Publicado originalmente en Substack.
La primera fue cuando tenía unos doce o trece años, corriendo para pillar el autobús y cruzándome por delante en lugar de por detrás. Sentí incluso el roce ligero de la cabina en mi hombro izquierdo al punto de pasar. La que no fue ligera fue la hostia a mano abierta que me calzó mi madre, que vio horrorizada la escena desde la parada del autobús.
Luego hubo abrazo de esos que solo las madres saben dar, pero de la cara cruzada me acordaré toda la vida.
La tercera fue cuando, al ir a revisar por qué había saltado la alarma del supermercado donde trabajaba —noche del 5 de enero, a punto de irme a las paradas de Gran Vía a hacer las últimas compras de reyes— y estando yo dentro del local, me encañonaron con un arma desde el exterior, mandándome el alto y que no me moviera un pelo.
—¡POLICIA! ¡No te muevas un pelo, piojo!
Y se me cayeron las llaves de las manos, claro. Exactamente al nivel que ya tenía los huevos. Y, efectivamente, me agaché a cogerlas. Claro que sí, guapi. Mientras me levantaba, recuerdo pensar que en ese preciso instante me iban a meter un tiro entre ceja y ceja, porque una sandía se había caído y había activado el sensor de movimiento. Muerte por sandía, se leería en mi necrológica.
Consejo: si os pasa algo similar, esperad siempre a las patrullas de la policía antes de entrar vosotros a investigar.
La segunda fue cuando el doctor me dijo que, si me metían un puñetazo y sangraba por la nariz, me moría en el acto. El doctor era un comandante, capitán o algo así del Hospital Militar Gómez Ulla, de Madrid. Era a comienzos de 1997, y yo era un pobre desgraciado que estaba empezando el servicio militar (Cuarto del 96) al que le habían detectado una anemia nivel ‘te ha pasado un vampiro por encima, catalán’.
Al Gómez Ulla llegué en un trayecto en furgoneta del Ejército del Aire desde la Base Aérea de Villanubla, Valladolid, pegadita al aeropuerto. Allí donde el frío no solo se fabrica, sino que se empaqueta y se vende en una fragancia que no se te va del cuerpo hasta que te alejas unos quince kilómetros. Aparte de los conductores y un mando, íbamos tres chavales (destacaba “el Jesucristo” —por la melena, que no se había cortado aún—, que se libró de la mili al volver del viaje por pies planos o algo así y el otro era uno de Sagunto, que también se licenció antes de hora por loco) a los que nos tenían que hacer pruebas médicas de distinta índole, tras haber empezado la mili.
En las primeras revisiones médicas en la base de Villanubla me detectaron una anemia fuerte. Raro, porque no había tenido heridas, cortes, hemorragias externas, ni meado o cagado sangre en ninguna medida excepcional. Recalco lo de “excepcional” porque fue una palabra que me dijeron un montón de veces mientras investigaban mi caso, que ya avanzo que duró más de lo que duró el servicio militar obligatorio.
En el Ulla, como militar, dormimos la primera noche en los barracones del resto de soldados que prestan allí servicio, que suelen ser en su mayoría enfermeros o estudiantes de medicina. Esa primera noche conocí a un maño descomunal, fan de Ska-P y Def Con Dos (niño A, niño B, radiocassette mediante), que me compartió la mejor frase de pegar hostias que se ha dicho nunca:
—A que te chafo la cara.
Funciona como un tiro, y es una frase tan bruta que solo puede haber salido de un sitio como Zaragoza, hostias.
A la mañana siguiente, ni desayuno: directos a las primeras pruebas y analíticas, y a esperar resultados. Tengo que decir que este punto no lo recuerdo demasiado bien, pero sé que me dejaron ir a casa de permiso unos días y que, a la vuelta —antes de volver a Valladolid—, debía pasar por allí para hablar sobre los resultados y ver si hacía falta algo más.
Spoiler alert: a la vuelta me quedé ingresado tres semanas.
La anemia que tenía, decíamos antes, era excepcional. Anormal. Inconcebible, que diría aquel. Y como ahora era responsabilidad del Ejército, no estaban dispuestos a que me muriese durante los nueve meses en los que me tenían que enseñar, según ellos, cómo defender a España.
De ahí que, desde que volví al Gómez Ulla hasta que salí, me hicieron gastroscopias, ecografías, lavativas y un montón de radiografías con técnicas novedosas, amén de revisiones diarias donde venían doctores con estudiantes a estudiar el caso, como si yo fuese el caso de la semana de Anatomía de Grey, y mil millones de analíticas. También una colonoscopia, en la que aún no sé si me durmieron o me desmayé. Solo recuerdo que un celador me devolvió a la habitación en silla de ruedas y me dejó cerca de la ventana, con el atardecer de fondo, aletargado. Y ahí me quedé, cual Terminator oteando el horizonte toda la noche.

Feel like a T800 for the small price of a colonoscopy
Sin embargo, lo que más recuerdo es una arteriografía pélvica, que es una cosa súper curiosa donde te hacen una incisión en el bajo vientre y te meten un tubito por el que inyectan un líquido de contraste para ver si se pierde por algún lado. Para ello, un señor de unos 50 años, achaparrao y con un maletín negro en la mano, apareció a las ocho de la mañana en el marco de la puerta de mi habitación. La conversación juro que fué como sigue y nunca más he sabido de aquel señor.
—¿Sr. Benavente?
—Sí.
—Vengo a prepararle para la intervención.
"Prepararle" era un eufemismo para “vengo a afeitarle las pelotas”. Me movió el cimbrel como si fuese aquello la previa a tomarse un chupito —arriba, abajo, izquierda, derecha— y me dejó toda la zona como el culo de un bebé.
De ahí, a la camilla. Los doctores todo el rato hablando conmigo durante la intervención. Anestesia local, creo. Idk. Ahora tendrás sensación de pipí, dijeron. Yep. Vaya que sí. En la pantalla veía mis circuitos internos de una manera en la que nadie debería verse. Fluido arriba, fluido abajo. Pero todo donde debía.
Tengo una familiar (la hija del hermano de mi abuelo materno... ¿tía segunda?) que es doctora en Madrid y que conocí precisamente por aquellas fechas. Según ella, el Ejército se había gastado una millonada en todas aquellas pruebas. Que no era habitual. Me subió un poco el ego. Creo que es lo más que se ha gastado el estado por mi.
El caso es que sirvieron de poco, porque todo aquello acabó como empezó: visita al jefe médico (otra vez: no recuerdo si coronel, capitán o qué) y:
—Mira, chaval, eres estadística. Un 2 % mundial. No se sabe por qué has perdido toda esa sangre. Ve con ojo y, si notas algo raro, dilo de inmediato.
Un año y pico después, ya de civil, salía del Hospital de Sant Pau, en Barcelona, con resultados de pruebas extras que venían a decir un poco lo mismo que me dijeron entonces: no sabemos cómo ni por qué perdiste tal cantidad de sangre y, sí, es probable que hubieses palmado si alguien te hubiese dado un puñetazo de esos de chafar la cara.
Cosa que, fíjate tú, es factible que hubiese pasado porque la misma tarde en la que el doctor me hizo quedarme en Madrid, había quedado con una chica en Valladolid.
No creo que al novio le hubiese hecho demasiada gracia.
P. D. Un abrazo muy fuerte a aquel chaval que estaba en el uno de los pisos de aislamiento del Ulla porque, i shit you not, estando de guardia en Madrid (creo que en Marina, ríete tú) con la coña de ‘Ay, que te disparo’ entre compañeros, el tiro del otro le atravesó por la mitad e iba con una bolsa para hacer sus cosas y tenían que cuidarle de tanto en tanto también todo el sistema motriz porque a veces perdía sensibilidad en las piernas. Me acuerdo de él, aparte de por lo bestia del tema, porque el tipo era aficionado a los tebeos y me contó que la funda de la rueda del Range Rover que tenía su padre era de Lobezno y que algún desgraciado se la había robado. Que si un día se la encontraba por ahí, al pavo le partía la cara.-Cháfasela - le dije.