
💡
Publicado originalmente en Substack.
Empiezo a escribir esto unas 48 antes de que pongamos a dormir definitivamente a Trasto, uno de nuestros gatos. Se publicará cuando ya haya ocurrido. En mi cabeza lo seguiré viendo reclamándonos comida a las 5 de la mañana con sus ojos con heterocromía -azul el izquierdo, amarillo el derecho- y con todo su mala leche hasta que no se pusiese el cuenco con la lata de comida.

Las lágrimas caen solas sin remedio desde ayer cuando nos confirmaron el diagnóstico -peor y con pocas perspectivas a futuro- y con una doble ración de hostia en toda la cara: y es que llevamos 3 meses tratándole de una dolencia que ha superado… solo para caer en otra aún peor. La esperanza desvanecida. El trabajo y esfuerzo, en vano. El animal, sufriendo. Y no es plan de continuar.
Trasto llegó a casa en una concatenación de circunstancias que me apetece contar, porque mira, mientras lo deje por escrito seguirá con nosotros y de paso él, vía su historia de casi 11 años, viajará durante lo que sea que dure internet.Todo comenzó 4 años antes de que ni siquiera hubiese nacido y la culpa la tiene una reforma eléctrica integral en el piso en el que vivíamos en Barcelona. Una reforma que nos alejó una semana de casa y donde los operarios, además de traer cajas y cajas de guías, regletas y cables, nos dejaron un regalito. Uno que comía galletas de helado, se escondía en la parte de abajo del horno y que nos tuvo algo cagados los días posteriores a volver a aquella casa que, sí, vale, ahora podía permitirnos poner lavadora, secador de pelo y una plancha a la vez… pero tenía un invitado extra en forma de ratoncito.
En aquel momento se tomaron dos decisiones: contratar un experto mata ratones y adoptar un gato. La finalidad podría parecer que fuese la misma, pero ni el primero con trampas por toda la casa ni el segundo, con una habilidad nula por la caza, dieron con el roedor, que por otro lado desapareció, pensamos que cayendo por el balcón. Good riddance, Mickey.
Aquel primer gato adoptado, Bitxo - negro, buenísimo y sin un ápice de maldad en el cuerpo- nos dio un montón de compañía y convirtió aquella casa en un hogar completo de la forma en lo que lo hacen los animales aunque no quieran. Ahora ya no éramos 3 - Mama, Papa, Peque, no-. Desde ese septiembre de 2011 éramos 4 y desafío a cualquiera que quiera rebatirlo.
3 años después sentíamos que Bitxo necesitaba compañía. Bueno, en realidad mi mujer lo consideraba. Además, en su trabajo surgió la opción de adoptar a un gatito de una camada de 6 que se habían encontrado en la calle y una asociación estaba buscando casa para todos ellos. Accedí al chantaje emocional a cambio de pillarme la PS4 (pack con el Destiny, que si lo sé me lo pienso). Mi mujer accedió aunque en realidad todos sabíamos que si me hubiese dicho que no habríamos pillado a uno de esos 6 gatos igualmente.
De aquella camada con pelajes que variaban entre blanco total y blanco y negro, nos quedamos con aquella cosita que era poco más grande que una mano y que aún tenían en proceso de cuidados durante unos meses. En principio le íbamos a llamar Pirata. O Bowie. Esos ojos eran una cosa mágica. Finalmente, tras verle escalar, pelearse con sus hermanos por la comida, escaparse al balcón, no parar quieto y tener un poco de mala uva, decidimos que le venía mejor el nombre de Trasto. Y así, ya en octubre de 2014, nos convertimos en una familia de 5.
Esos primeros años de convivencia entre los dos gatos, con mi hija rondando los ocho años en adelante, vistos en perspectiva son el pal de paller de nuestra casa. Nuestros “Aquellos maravillosos años”. Los miro ahora scroll arriba, scroll abajo en Instagram y Google Fotos y me doy cuenta de la cantidad de cosas que dábamos por sentadas como inamovibles, seguras, fijas en el tiempo. Miro a esas imágenes como intentando rescatar a aquel gato travieso, rompe sofás, demandante y delicioso. Mimarlo aún más, si cabe. Es absurdo, porque no le hemos dejado de querer ni un segundo. Ni cuando nos chillaba demandando lata húmeda a las cuatro de la mañana porque ponte tú a explicarle que ha cambiado la hora y ahora los humanos decimos que no, que es una hora menos.
Durante la pandemia notamos el gran cambio. El estar 24/7 en casa les rompió los esquemas a ambos gatos y el Trasto, que siempre había sido un poco más suyo, empezó a dejarse querer más. A buscar más nuestro contacto. Creo que sabía que aquello no era normal y era su manera de decirnos que estuviésemos tranquis, que él estaba allí. Chill and carry on. Desde ese 2020 en adelante se comportó así. Trasto, sí, pero ahora con 50% más de cariño.
Y llega la mudanza. No hace un año, todavía. A los dos días de mudarnos pensamos que se había escapado y estuvimos dos horas buscándolo por toda la urbanización y el terreno de la casa para darnos cuenta que, tócate un pié, se había escondido en el mismo lugar que aquel ratoncito en su día, poco acostumbrado al nuevo entorno y buscando lugares donde esconderse. Juro por dios que hasta que no estaba escribiendo esto no me había dado cuenta de la ironía del destino.
A finales de febrero notamos que algo le pasaba. Tenía menos apetito, estaba más alicaído y había perdido peso. La veterinaria nos informó que tenía una enfermedad que en España no tiene tratamiento de forma oficial. No voy a entrar en detalles pero durante 3 meses le hemos tratado y estaba con una notable mejoría a pesar de otros achaques puntuales. De hecho, de eso se ha curado. Ha costado dolor y lágrimas. También mucho dinero. Pero se ha curado. Pero seguía mal. Algo no cuadraba. Y bueno, PUTO CANCER. No sé cuántas veces lo habré dicho ya a lo largo de mi vida. Pero PUTO CANCER.
Acabo de escribir esto tras recibir la llamada de nuestra veterinaria. Poco más nos puede decir más que compartir el dolor y notar su empatía. Se nos rompe la voz al darle las gracias por todo. Seguramente la seguiremos viendo porque queremos que el Bitxo pueda salir en verano con nosotros por fuera y hay que pipetearlo. Pobre Bitxo, también. Ahora cómo pasará él esto.
‘nanit, Trasto. A mimir.
No estás, pero seguimos siendo una familia de 5 y desafío a cualquiera que quiera rebatirlo.